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Árboles, gigantes al borde de la extinción

29 de Julio de 2010

En Jalisco, los ejemplares silvestres enfrentan crisis de supervivencia por la combinación de cambio climático con presión comercial por su madera, y los cambios de uso de suelo para ganadería y huertas.

La montaña más alta de Jalisco guarda algunos de los árboles más longevos del occidente mexicano: Pinus hartwegii, oyameles y juníperos que ya existían cuando los hombres de Francisco Cortés de Buenaventura divisaron por primera vez para un europeo la cumbre nevada del sur de Jalisco, alrededor del año 1524.

486 años después, esos árboles están en riesgo de muerte.

Además de la tala comercial excesiva a que ha sido sometido el Nevado de Colima, y de los cambios de uso de suelo para ganadería y huertos que ahora destruyen sus laderas, el aumento de la temperatura terrestre, de seguir con un escenario tendencial, barrerá con los ecosistemas que los sustentan, tal vez antes del año 2050, casi seguro antes de 2100.

José Villa Castillo, director del parque nacional, sabe que le toca administrar ecosistemas en “terapia intensiva”, pues al ser la mayor prominencia del Pacífico mexicano, sólo allí existen los climas que propiciaron estas formas de vida.

Los estudios científicos revelan los cambios: “Se ha desplomado la precipitación en el Nevado de Colima de los años 50 del siglo XX al comienzo de este siglo, evidencia del cambio climático; esto ya es un serio problema y de seguir la tendencia desfavorable se pondrá en grave riesgo el destino de las masas forestales que requieren de mucha agua para su sostenimiento”, sin olvidar la pérdida de servicios ambientales como la recarga de acuíferos, explica.

Pinus hartwegii, la especie de pino que sobrevive a mayores alturas en el planeta, y el Juniperus monticola, desaparecerán cuando esta alta montaña deje de poseer el clima frío que soporta estas comunidades extremas. El caso del oyamel (Abies religiosa), que prospera un poco más abajo, es igual de complejo: “Requiere de una simbiosis de hongo micorrizico que sólo en ese suelo existe; producir el Abies es casi misión imposible en vivero, y yo tengo experiencia en ese tema; su medio es de un especificidad holística: suelo, clima, sombra, micorriza, humedad […] las generaciones humanas no verán, probablemente, el regreso de ese bosque…”.

Por eso, “hemos dicho que abrir las masas de oyamel compromete su desarrollo, por las condiciones ambientales tan frágiles que requiere […] por eso queremos que también sea protegido”. El Nevado alberga además un magnífico parque estatal con bosque mesófilo de montaña, un ecosistema privilegiado donde coexisten gran cantidad de especies boreales y tropicales, lo que lo hace, en términos relativos, el campeón de la biodiversidad mexicana. Llamado a ser otra de las víctimas notables del calor que aumenta, año con año.

Mientras la extinción los alcanza. Hoy, 8 de julio de 2010, Día del Árbol y mes del bosque.

Mundos en desaparición

Los riesgos de extinción alcanzan otras comunidades distintas al Nevado de Colima. Enrique Jardel Peláez, experto forestal de la Sierra de Manantlán e investigador y catedrático de la Universidad de Guadalajara, señala otros tipos de vegetación proclive a desaparecer: la selva mediana subcaducifolia, única en esta región del mundo y con alta riqueza de especies, cuya presencia relativa es restringida. “Algunas notables especies de allí son la caoba, la parota, el barcino y el cedro, que sufren una fuerte presión por su madera”, muy preciada para muebles finos.

De los bosques mesófilos distintos al Nevado, están sin duda los de Manantlán y los de Talpa, “con algunas especies llamativas de distribución restringida como el arce o maple”, además de magnolias y helechos arborescentes, entre decenas de especies oficialmente protegidas por ubicarse en alguna categoría de riesgo (NOM 059 SEMARNAT 2003).

Jardel agrega que también hay bosques de oyamel tanto en la región de Mascota como en Manantlán. “Quizás es el ecosistema más amenazado en contexto de cambio climático porque depende de condiciones de alta montaña”.

—¿No se puede pensar en un desplazamiento del ecosistema hacia partes más altas, en el propio Nevado de Colima?

—Bueno, si tienes una situación de desplazamiento de zonas de vida, las cosas que están encima son a las que les queda menos hábitat y menores oportunidades… Además, el cambio trae aumento de frecuencia e intensidad de incendios; entonces estos bosques son reemplazados por otros ecosistemas que resisten mejor el fuego, como los bosques de pino y encino.

En una situación igual de endeble están los bosques de galería, que son las comunidades forestales que subsisten al borde de ríos, arroyos y manantiales, con gigantes como el sauce y el ahuehuete. “Su destino va asociado a la alteración de cuerpos de agua, desviación del agua represada para agricultura o centros de población, inundación de los propios vasos de presas, contaminación acuática y también, de nuevo, el cambio climático por reducción de flujo de agua”.

En el caso del bosque de pino-encino, aunque tiene amplias oportunidades con el cambio de clima por su largo historial exitoso de adaptación, sus endemismos (especies exclusivas) también estarán en riesgo de desaparecer. Es el caso de un pino de muy raquítica distribución, el Pinus jaliscana.

La norma es que especies restringidas tienden a tener menores oportunidades de sobrevivir en un mundo cambiante.

Bosques sin árboles

Ni el manglar ni la vegetación de semidesierto, también presentes en Jalisco, se consideran árboles, pues no son especies leñosas. Sin embargo, en las grandes discusiones sobre la reforestación nacional, se ha impulsado la reintroducción de sus especies para recuperar la funcionalidad de sus ecosistemas.

“Los manglares, en términos de servicios ecosistémicos, son fundamentales, pues brindan protección a las costas por marejadas y huracanes y tienen una muy valiosa función como sitios de cría de especies pesqueras importantes de las riberas […] su riesgo actual se da más por la acción humana tanto en los sitios, para abrir desarrollos turísticos o espacios de cultivo, como por la alteración de la hidrología de la parte alta, por cambios de uso de suelo […] pero enfrentarán desaparición con la elevación del nivel del mar, y con pocas oportunidades de desplazarse, pues están restringidos a terrenos con agua salobre, generalmente al borde de esteros y llanuras inundables…”, agrega Jardel.

A su juicio, es necesario entender que “la conservación de las especies arbóreas, en las que Jalisco tiene mucha diversidad, depende de mantener los ecosistemas de los que forman parte; no es posible una conservación exitosa fuera de esos ecosistemas, aunque sean útiles jardines botánicos o parques en las ciudades”.

Se supone que los desiertos tendrán una gran oportunidad con la elevación de las temperaturas. Pero con una flora empobrecida por el intenso tráfico comercial que se hace con cactáceas desde hace décadas, para usos medicinal y ornamental.

Un desierto natural es vida en el límite, con maravillosas adaptaciones evolutivas; mas no lo son esos páramos huérfanos de especies que son los desiertos fabricados por el hombre.

Autor: Agustín del Castillo

Fuente: Milenio.com

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